Lo que sentí ese día puede ser catalogado como una de las experiencias más indescriptibles en mi vida.
Y es que entre challas y cornetas, entre el Paseo Ahumada y Plaza Italia, entre guanacos, zorrillos y piquetes, entre risas y llantos de alegría, te sentía conmigo. Sentía tu mano tomando la mía, aquella misma mano que me enseñó a caminar, con la que más de alguna vez me dio un coscacho y la que solías empuñar en el aire cuando gritabas un gol a todo pulmón. Miré al cielo con mis ojos empañados en donde seguramente gritabas el ceachei en honor a la Roja y su histórico logro.
Habría dado cualquier cosa por haber gritado ese agónico gol al minuto 87 contigo.


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