sábado, 20 de julio de 2013

Gran Santiago de la Nueva Extremadura


El fuerte ruido de las bocinas lo despertó de golpe. Su cara le ardía producto del asfalto caliente en el que estaba acostado. Rápidamente se levantó y miró la hilera de autos y micros que tocaban violentamente sus bocinas con aquella clásica arrogancia citadina. Un minuto después, sentía como su letargo inicial era reemplazado por una desesperación ante la confusión que experimentaba en aquél momento (¿Qué era todo esto? ¿Cómo había llegado a aquél lugar?).
Comenzó a correr, correr como nunca en su vida, con la esperanza de encontrar algún punto de referencia en donde ubicarse. Pero no lo logró, y por más que atravesó calles y semáforos, no pudo encontrar nada conocido, ni siquiera en las caras de la gente que caminaba en dirección opuesta a él (¡Y vaya qué había gente en este lugar, joder!). Corría en medio de y hacia la nada. Divisó unas escaleras (“Los Héroes", curioso nombre), y sin pensarlo, las bajó con rapidez. Empujó a ancianos, niños y mujeres para llegar a una especie de subterráneo dentro del cual entraba y salía gente.. De no haber sufrido tal adrenalina, seguramente le habría causado curiosidad el "beep" que hacía la gente que entraba por un lado y el "crap" que hacía la gente al salir por el otro. Saltó la especie de valla e inmediatamente llamo la atención de los guardias, quienes le gritaron que se detuviera al tiempo que comenzaban a perseguirlo.
Bajó otras escaleras a toda velocidad, hasta llegar a un segundo subterráneo que se encontraba atestado de gente, gente que esperaba  el tren peligrosamente cerca de las vías electrificadas. De pronto, un ruido estridente invadió el lugar: Era el metro que había llegado, lo que tuvo como consecuencia que la gente se agolpara aún más en la orilla de la parada del andén. Pero él sólo corría y escapaba de algo que no sabía que era (¿El miedo? ¿La impresión? ¿Los guardias?).
Una vez que el tren frenó (con un chirrido insoportable), algo terrible sucedió: La gente comenzó a salir violentamente desde dentro de este, mientras que los que esperaban hacían todo lo contrario, es decir, intentaban entrar a toda costa. Y fue eso lo que le hizo entrar, arrastrado por la masa, que lo empujaba irremediablemente dentro del vagón. Una voz de extraño acento indicaba que las puertas se cerrarían (¿Quién hablaba?). Una vez que estas cerraron (¿Cómo lo pudo adivinar aquella voz?) pudo experimentar por fin algo de alivio al ver la cara de frustración de los guardias, quienes atrás de los vidrios, se lamentaban al no poder capturarlo.
Lo siguiente puede catalogarse como lo más raro que ha sentido en su vida.: Alzó la vista y vio su nombre escrito en las paredes del tren (¿Será coincidencia?). Y mientras se preguntaba que significaba todo eso, el tren comenzó a moverse hacia un túnel oscuro como la boca de un lobo. Fue entonces cuando creyó entenderlo todo (“Estoy muerto. Todo esto no es más que el viaje al infierno”). El tren avanzaba hacia la oscuridad y, sin saber qué hacer, dio un último grito, un grito que reflejó pavor, impotencia e intolerancia a la frustración que le significaba el darse cuenta que no viviría más, al menos como mortal.
La gente lo miró con extrañeza mientras la oscuridad se apoderaba del lugar.

"Pedro, ¡despierta!”, fue lo siguiente que oyó. Abrió los ojos y vio la delgada figura de Inés, su amiga y compañera ("Fue sólo un sueño"). Sin decirle nada y con un sudor frío que le empapaba la frente,  se levantó y salió de su carpa. El fresco aire del recién bautizado Santiago de la Nueva Extremadura lo tranquilizó. Fue entonces cuando miró hacia el horizonte, en un bello e incipiente amanecer de verano que se asomaba. Distinguió la belleza del cerro Huelén que tenía como fondo aquella blanca, hermosa y nítida Cordillera de los Andes. "¿Por qué se veía tan opaca y grisácea en su sueño?", jamás lo entendería.


Volvió al campamento, se recostó y cayó dormido al instante. El día agotador que se avecinaba le hizo olvidarse por completo de su extraño  sueño.

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