El día de la nevazón en Santiago caracterizó un escenario en el que diversas cosas sucedían: Tu hermanita, a una cuadra, fotografiaba con orgullo a su abstracto y recién hecho hombre de nieve, Don Sergio, a tres, se marchaba a casa rápidamente (desde que cumplió los ochenta y tres que la gripe se había convertido en su fiel amiga), mi madre, a diez, contemplaba fijamente los copos que infructuosamente intentaban entrar, con hipotermia e impotencia, a la 401.Y nosotros, en mi casa, hacíamos el amor por primera vez, con timidez, inexperiencia, pero sobretodo, con ternura.
En mi cuadra no nevó, quizás por culpa de alguna nube traviesa que no nos quiso molestar o tal vez la pasión que derramábamos era tal que derritió todo copo de nieve que osó acercarse hacia nosotros.
Eramos apenas unos adolescentes, pero nos queríamos mucho.


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